MARIO CASTAÑO. Murió el sacerdote, el poeta, el “malo”

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En Sahagún, Córdoba morió Mario Castaño atropellado por una moto. Un muchacho de 14 años atropelló al andariego, poeta y juglar, al rebelde sin pausa.

Ocurrió en esa ciudad solariega a donde fue como lo que era: un sacerdote sin iglesia, un feligrés de la libertad abandonado por las jerarquías católicas a causa de su amor sin rituales, de una fe sin expolios.

Mario era una suerte de goliardo moderno que se defendía de los tarazcasos de la pobreza componiendo canciones muy bellas y poemas muy suyos, como el que le publicamos en octubre de 1972 en “Clave de sol”, la revista que hacíamos con Raúl Henao, Fernando del Río y Fernando Rendón. Era un juego verbal para cantarle a César Vallejo: “Vallejo/ valle viejo/ viejo bello Vallejo/ Vallejo viaje viejo/ bello viaje Vallejo/ bello viaje valle/ Vallejo/ viejo que buye/ que huye/ que hace mutis/ por el nudo mudo/Valljo bello mudo/ que buye y que huye/ Vallejo”.

Lo conocí un día en un cafecito de la Avenida La Playa, en un Medellín todavía balsámico, compartiendo su libro “Poemas Cervicales”, en 1971, según creo. Acababa de venir a pie y a lomo de azar del Ecuador. A ese cafecito al que llamábamos La Cueva, llegábamos un día sí y otro también con Raúl Henao, que nos sorprendía siempre con sus lecturas surreales, con Luis Eduardo Espinal, el hermano de Barquillo el nadaísta. Luis Eduardo era un poeta que admirábamos todos y celebrábamos pues era el único que había publicado poemas por fuera de la parroquia, en La Habana, en “El Caimán Barbudo”, gracias a los buenos oficios de Öscar Collazos, que por entonces estaba anclado en Cuba.

PortadaTambién aparecían por allí Fernando del Río, otra suerte de místico silencioso y fraterno, Rafael Patiño que escribía unos poemas imaginativos en unos papeles de color amarillo bonzo. Y Gonzalo Pérez, que hacía el periódico “Nómada” donde publiqué mi primer poema. Gonzalo después se dedicaría al cooperativismo y creo que dijo adiós a las letras.

A veces caían por allí Fernando Rendón, mi vecino de barrio y lecturas, Darío Restrepo Soto, un gran cuentista solitario y don Manuel, que era un viejo teósofo y rebelde, con una boina arriscada a la manera de Fernando González, alguien que impartía lecciones de aguante y resistencia. Eramos una tolda aparte del nadaísmo y a la vez del grupo de Manuel Mejía, al que alguno que vendría después, Carlos Bedoya, llamaba “la fonda antioqueña”.

Mario sin embargo era buen amigo de Gonzalo Arango y por supuesto de Eligio Arboleda, un ex-ciclista y poeta que tenía un almacén en Carabobo, “El Bicicletero”, lugar bohemio y patafísico que tenía bicicletas hasta el en techo y donde tropecé con Arango, a quien solamente vi dos veces en mi vida. Y en la suya, claro.

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Eligio y Mario simpatizaban con el nadaísta y allí, en el Bicicletero, decidieron entregarle la ganzúa de la ciudad, que no era otra cosa que un alambre de púas pincha-llantas. Fue una graciosa ceremonia en la que William, un compositor y guitarrista amigo de Mario cantó su célebre balada “Canción que no se llama porque la gente se cansó de llamar a las canciones y las canciones no venían”. Muchos años después, y no propiamente frente aun pelotón de fusilamiento, supe que Eligio Arboleda había muerto en las fauces de un tiburón en el caribe colombiano.

Con Mario Castaño anduve la Medellín nocturna y también con Cristina Medina, una suerte de chamana misteriosa y bella que gozaba compartiendo con nosotros el esperanto de su silencio. La verdad, yo solamente salía a la calle a esperar que apareciera Cristina en alguna esquina del centro, pues nunca se sabía su camino.

También recorrí con Mario morral al hombro, caminos de Antioquia y del Quindío y de Caldas. Una noche dormimos en la estación de bomberos de Calarcá, en un par de camillas que nos prestaron, otra en la plaza de Bolívar de Manizales, otra en dos sillas odontológicas de unos amigos dentistas que admiraban los poemas de Mario. Era una escena de paraguas y mesa de disección: Mario leía algún poeta místico en su silla de tortura. Yo recuerdo que me acompañaba “Viaje a pie”, pero me distraía entre una página y otra pensando en Cristina.La imagen puede contener: una o varias personas y primer plano

Por esos días este hombre de una bondad inmensa, de misionero sin dogmas, decidió por pura ironía, digo, empezar a firmarse “Mario el Malo”. Aún lo veo con esos ojos rastreadores y vivaces riendo y gozando la vida hasta la empuñadura, despreciando cualquier rasgo burgués y el alto clero. Aún lo veo tendiendo una cartulina negra en la que saludábamos la visita de Camilo Torres Restrepo a Medellín y la leyenda que garrapateamos en letra blanca: “Se hace Camilo al andar”.

De mi hermano el poeta, como diría Saint John Perse, volví a tener noticias intermitentes como sus propios caminos, como el cocuyo cantado por Epifanio que va “huyendo de la luz, la luz llevando”.

A cada tanto lo sabía andareguiando por todos los rincones del país, su iglesia o su altar eran su morral. Nada de fastos, él era otro “místico en estado salvaje”. Poderosas son sus diatribas contra “los pastores impostores”. Se hizo sacerdote en la veintena de años en que dejamos de vernos, “el padre Mario” era una expresión de las gentes comunes y humildes para hablar de un aire fresco, de alguien que más que enseñar acompañaba. Algunas veces recibía sus señales de humo sativo desde el Vichada o el Cauca.

La útima vez, hace un par de años, supe de él en el recinto Quirama, en Rionegro. Álvaro Noreña, puso en mis manos su legendario libro, igual de vivo y bello que cuando lo leíamos en el Salón Versalles o en El Festín, de la avenida La Playa. Poco después hablamos por teléfono como si no hubieran pasado varias décadas y reanudáramos un paseo a una loma de Envigado. Supe que volvía a cada tanto a Fredonia, su región natal. Y que acudía al Club de Música, el lugar que anima con plena libertad el mismo Álvaro.

Aún resuena en mi cabeza su voz.

Mario Castaño, el poeta, el padre Mario. Que descanse en la misma paz de sus silencios.

Imagen relacionadaESCRIBE; Juan Manuel Roca

Juan Manuel Roca nació en Medellín el 29 de diciembre de 1946. Transcurre su infancia en México y posteriormente en París. Durante los años 1988 a 1999 coordinó el Magazín Dominical de El Espectador, separata cultural con la que se formó prácticamente una generación, pues en ésta se publicaron un buen número de poemas

Ganador del premio Casa de las Américas 2009. Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar 1993

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