El perro, ese animal crepuscular que tanto amamos

Dorotea Condomines i Meix trabaja de sol a sol en una start-up que se dedica a la creación, desarrollo y comercialización de dispositivos de seguridad. Aunque costó un esfuerzo casi inhumano poner en marcha la empresa, ahora recompensan los cada vez más cuantiosos beneficios. Pero Dorotea, que tiene 36 años, se siete sola, o mejor dicho, se sentía sola, hasta que, hará cosa de dos años, se compró un cachorrito monísimo de la raza perruna dálmata, esos canes de pelaje moteado tan queridos de la fábrica Disney.

Lo cierto es que había pensado en un perrito más pequeño, un Shih Tzu o un Jack Russell, pero cuando una prima suya le llevó a visitar a una amiga cuya dálmata acababa de parir una camada, nada más coger en sus brazos a uno de los diminutos cachorritos, el que tenía las manchas tan divertidas, sabía que ése era su perro.

Nada más coger en sus brazos a uno de los diminutos cachorritos, el que tenía las manchas tan divertidas, sabía que ése era su perro

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Ahora bien, no había contado con lo difícil que le iba a resultar educarlo. Las primeras semanas y meses fueron especialmente estresantes para ambos. Nunca disponía de suficiente tiempo para jugar como debiera con Trumpet, que no paraba de crecer, o para llevarlo al veterinario, que no paraba de ponerle vacunas.

Fueron costosos durante los primeros meses los destrozos por todo el piso, por no hablar de su ropa y calzado. Pero cada vez que le recriminaba a Trumpet un nuevo acto de vandalismo, le ablandaba el corazón su mirada de pobre inocente falsamente acusado de haber cometido semejantes atrocidades.

Dorotea se levanta todos los días a las seis y lo primero que hace es dar la vuelta a la manzana para que Trumpet pueda hacer sus necesidades mientras ella repasa los mensajes que tiene en el buzón de su móvil. Todavía es de noche pero a menudo se cruza con otros propietarios de perro que, como ella, sacan a su mascota antes de irse al trabajo.

El momento del día más emocionante para Dorotea es cuando al regresar a casa sobre las nueve de la tarde -durante la mayor parte del año ya ha anochecido- le recibe Tumpet loco de alegría. Es realmente descomunal la cantidad de amor que fluye entre el perro y su ama.

Nunca disponía de suficiente tiempo para jugar como debiera con Trumpet

Pero al cabo de dos años de pronto se dio cuenta Dorotea de que Trumpet, ya muy grande, estaba triste, o que incluso podía padecer una depresión. Al darse cuenta de ello, se puso por primera vez a cuestionar la vida que le estaba dando al pobre animal. Además de pasarse todo el santo día encerrado solo en un pequeño piso, sólo salía a la calle de noche, siempre atado a una correa. Apenas se relacionaba con otros perros y comía todos los días el mismo pienso. Ignoraba por completo cómo debía ser la sensación de corretear libre por el campo o perseguir por el bosque a un conejo o cualquier otro animalillo.

Entonces empezó Dorotea a cuestionar su propia existencia, sólo para concluir que lo tenía tan mal -y en muchos aspectos aún peor- que el pobre Trumpet, que al fin y al cabo se pasaba casi todo el día durmiendo. El amor que sentían el uno por el otro se trocó en una monumental depresión compartida.

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