Miercoles, 29, 2017
   
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Ledecky logra su quinta medalla de oro y alcanza un hito histórico

La nadadora estadounidense bate el récord de 800, se cuelga su quinto oro en Kazán y completa la hazaña inédita de ganar todas las distancias desde los 200 a los 1.500

 

El último logro de Katie Ledecky en la final de 800 femenino de los Mundiales de Kazán fue una de las obras más soberbias que ha producido la natación. Apunten: 28 segundos 41 centésimas en 50 metros. Un sprint en toda regla. Después de nadar 750 metros a ritmo de récord del mundo, con el ácido láctico en la sangre amenazando con fatigar los músculos y frenar el impulso, la marca del ataque definitivo sitúa a la nadadora estadounidense en una dimensión desconocida. Los números son un clamor. Ninguna de las ocho finalistas del 200 libre en estos campeonatos nadó el último 50 por debajo de 29 segundos. La campeona mundial de 100 libre, Bronte Campbell, hizo el último 50 en 27,37s. Puede que Ledecky se haya consagrado como fondista, pero en Kazán dejó claro que le gusta la velocidad. Su quinto oro en Rusia cierra con éxito un experimento de versatilidad que no encuentra precedentes. La puerta del 100 libre se abre de par en par a un año de Río.

Ledecky bajó en casi cuatro segundos su plusmarca mundial en el 800. El tiempo estaba en 8 minutos 11 segundos y lo dejó en 8 minutos 7,39 segundos. La proeza alimentó el fuego de los teóricos. Los entrenadores examinan el caso de la chica de Maryland con el detenimiento de los entomólogos.
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El asunto tiene su miga porque en un mundo en el que gobiernan las apariencias Ledecky no destaca sobre las demás nadadoras. No es la más alta, ni la más fuerte, ni la que posee los pies y las manos más grandes.

Ledecky gobernó la prueba del 800 desde que hizo la primera palanca. La diferencia con sus contendientes resultaba palpable. La neozelandesa Lauren Boyle y la danesa Lotte Friis, las más expertas fondistas del concurso, se debían enfrenar a un elemento que les ofrecía más resistencia. El líquido las frenaba más, se deslizaban entre aguas y se veían obligadas a hacer más ciclos de brazadas. Boyle, que comenzó y acabó la carrera en segunda posición, exhibió una mecánica similar al resto de las perseguidoras. Dio un promedio de 42 brazadas cada 50 metros y batió piernas progresivamente. Mientras tanto, Ledecky dio 38 brazadas. Con menos movimiento logró mayor fluidez. Como si nadara de panza sobre una tabla de surf, casi dejó sus piernas como un peso muerto hasta el sexto largo. Al pasar por los 300 metros, después de haber ahorrado una energía que las otras nadadoras estaban consumiendo sin remedio, comenzó a usar los pies. Para entonces ya iba a ritmo de récord del mundo. Un segundo, dos segundos más veloz de lo que había nadado en Shenandoah en junio del año pasado.

Cuando pasó por el viraje de los 750 metros navegaba a dos segundos y medio por debajo del ritmo del récord y acelerando. Cuando tocó la placa de los 800 había surcado la última piscina a toda máquina. Elevó la batida de pies a más de 30 ciclos cada 50 metros. Con las hélices haciendo espuma, el récord cayó en casi cuatro segundos.

Lauren Boyle y Jaz Carlin, plata y bronce respectivamente, nadaban hacia la meta con diez segundos de retraso mientras Ledecky se quitaba las gafas y miraba la pantalla gigante. Al ver su marca enseñó los dientes y golpeó el agua dos veces. “He puesto la piedra fundamental de los Juegos de Rio”, dijo al salir del agua. “Y sé que puedo ir más rápido”.

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S.O.S.

 
 
 

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