Martes, 28, 2017
   
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Giro de Italia. Dumoulin, primer líder

Para los favoritos designados, para Vincenzo Nibali, Alejandro Valverde o Mikel Landa, la contrarreloj de 11 kilómetros con que arrancó el Giro en la lejana Holanda no fue sino poco más de 11 minutos de dolor y miedo obligatorios, y un deseo, no caerse en una de las ocho curvas insidiosas. Después, los segundos, que no fueron muchos, separaron a los más aptos para el ejercicio de los más rígidos, los alérgicos al aerodinamismo. No se cayó ninguno de los tres, que sudaron y sufrieron, y Nibali fue 5s más rápido que Valverde y 21s mejor que Landa, que dijo que fue cómodo pero jodido en la bici, en la postura que le tortura. Al menos, pudo consolarse el alavés que tan bien escala con que no le dobló Tom Dumoulin, que había salido un minuto después y llegó a 20s, como un bólido en la última recta, y ganó la etapa.

 
 

Tom Dumoulin, de rosa en el podio.A Tom Dumoulin, un holandés alto y elástico que se dobla como nadie horizontal a escasos centímetros de la barra de su Giant y encarna las esperanzas de muchos holandeses, le exigían la victoria con gritos de euforia ruidosa miles de compatriotas en las calles y canales de Apeldoorn, la ciudad que solo había salido en los noticiarios mundiales hasta ahora cuando un loco en 2009 lanzó su coche contra un desfile real de la reina Beatriz y su séquito y mató a siete personas en el atropello. En el coche de su equipo, como un aficionado privilegiado, le seguía jaleándose el nuevo rey, Guillermo, hijo de Beatriz, que se puso una corbata rosa para la ocasión, y la lució junto a la maglia rosa de su súbdito, felices ambos en los colores que vuelven locos a los italianos y que por 2,2 centésimas de segundo (o 22 milésimas, cronometraje oficial) arrebató al esloveno Primoz Roglic, de quien se olvidaron todos enseguida pese a que corre en el único equipo holandés del Giro, el Lotto-Jumbo.

La magnífica contrarreloj de Roglic demuestra la importancia de la aerodinámica en el ciclismo, porque corredor que sepa más de vientos, y con capacidad física para plegarse, seguramente no hay. Roglic tiene 26 años y de él no se sabía apenas nada porque es ciclista de vocación tardía: en su juventud juvenil fue saltador de esquí, hombre pájaro aliado del viento que le lleva más lejos, y muy bueno, campeón del mundo júnior en 2007. Como preveía que de mayor no sería ni campeón mundial ni olímpico, el esloveno se pasó a la bicicleta, donde asombra. Su victoria, en la misma semana que la del Leicester en la Premier, habría hecho felices a quienes creen que la impredecibilidad constituye la grandeza del deporte, tristes a los holandeses y perplejos a muchos miles de aficionados que solo pensaban en Fabian Cancellara.

Para el enorme suizo, la contrarreloj de Apeldoorn no era un trámite peligroso como para los favoritos ni una oportunidad de hacerse famoso en 11 minutos y 3s a 53 por hora como para Roglic ni un asunto de grandeza patria como para Dumoulin. Para Cancellara, que ha sido maillot amarillo en siete Tours diferentes, maillot rojo en la Vuelta y líder en Luxemburgo, Rodas, Dinamarca, las dos Suizas, Niza, Tirreno, California, las dos Cataluñas (Volta y Setmana) y Austria, la carrera de Apeldoorn suponía la primera y la última oportunidad que tenía de vestirse de rosa Giro, el maillot que falta a su colección junto al arcoíris de fondo en carretera. En los dos Giros anteriores que disputó el suizo, el prólogo, su momento decisivo para asaltar los lideratos, se corrió en contrarreloj por equipos; en el tercero, el de 2016, el año de su despedida del ciclismo, a Cancellara, de 35 años, le ofrecieron un recorrido a su medida. Una traidora fiebre, y una posición ya anticuada sobre la bicicleta, le frenaron en Apeldoorn, donde cedió 14s a Dumoulin y Roglic, acabó muerto sobre el asfalto y lloró, como tras sus frustrantes despedidas de Flandes y Roubaix, su mala fortuna.

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S.O.S.

 
 
 

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