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Fue liberado con el compromiso de informar que en el baño había 70 rehenes civiles en riego por el asedio del Ejército y buscar una mediación regresando al palacio; pero simplemente salió y se fue para su casa después de brindar información al Ejército que posibilitó ataque.

La ferocidad del combate ya se había apoderado de todos los rincones. Era la madrugada del jueves 7 de noviembre de 1985. Los civiles que habían logrado escapar de las llamas que devastaron el costado oriental del Palacio de Justicia, y de los disparos de fusiles, pistolas y cañones que durante más de 12 horas se habían cruzado las Fuerzas Militares y el M-19, finalmente encontraron refugio, junto con algunos rebeldes, en un baño ubicado entre los pisos segundo y tercero, al noroccidente del edificio.

Era el único lugar medianamente seguro. Pero, a la vez, un escenario dantesco. En un espacio de escasos 20 metros cuadrados, completamente oscuro, donde corría agua por el piso y la asfixia que producían los gases lacrimógenos se agudizaba con la fetidez de los caños, unas 70 personas se resguardaron tras los parapetos de guerra que sus captores ubicaron en el descanso de las escaleras, junto a la entrada del baño.

La angustia que generaba la situación ya era suficiente. Pero lo peor estaba por venir. En un radio, guerrilleros y civiles escucharon la noticia de que ya no quedaban rehenes en el Palacio y que, por lo tanto, el Ejército iniciaría la “operación rastrillo”. Con ese fatídico anuncio, su muerte se les hacía inminente.

A eso de las seis de la mañana, los tanques que habían irrumpido el día anterior en el edificio para amedrentar a la guerrilla y respaldar con sus cañones a la tropa de a pie comenzaron a rugir nuevamente en el recinto. Era el inicio de la arremetida. El anuncio del asalto final.

Atemorizados, los rehenes les plantearon a sus captores la imperiosa necesidad de que, afuera, se supiera que permanecían allí, que estaban vivos y que temían ser arrasados. El magistrado de la Sala Constitucional de la Corte Suprema Manuel Gaona Cruz y el abogado auxiliar del Consejo de Estado Carlos Horacio Urán asumieron esa vocería. Ellos mismos se ofrecieron para salir a dar cuenta de su presencia y la de sus compañeros.

Pero Andrés Almarales, el único comandante del M-19 que permanecía al frente del accionar subversivo, se negó a dejarlos ir. En su lugar, autorizó la salida de Reynaldo Arciniegas, un consejero de Estado cercano a los mandos militares, quien tendría la misión de pedirle al Gobierno la presencia de la Cruz Roja, un delegado del Ejecutivo y un periodista.

Arciniegas salió, rogándole a la fuerza pública que no le disparara y agitando una camisa blanca cuya propiedad se atribuye el magistrado de la Sala Civil de la Corte Suprema Hernando Tapias Rocha. Otras versiones afirman que la camisa fue entregada por Urán, gestor de la salida de Arciniegas.

Cuenta el consejero de Estado que, al abandonar el Palacio, los oficiales le prometieron hacer lo posible y lo tranquilizaron en cuanto al riesgo que corrían los rehenes. El comandante de la Brigada XIII, general Jesús Armando Arias Cabrales, habló con él y fue enterado de la presencia de rehenes en el sector desde el cual atacaban los guerrilleros. El mensaje que portaba Arciniegas nunca llegó a oídos del Gobierno. Los militares lo despacharon a su casa y, acto seguido, afinaron su puntería contra el baño.

Pandemonio

Dos explosiones sacudieron con violencia las paredes del baño. Del impacto, provocado por rockets, un toallero que estaba empotrado en el muro oriental salió volando (ver infografía). El objetivo de la tropa era abrirse paso a través de ese muro, utilizando cargas huecas y proyectiles de 50 milímetros. Después de eso, la instrucción era sencilla, pero aterradora: “fumíguenlos y lo que sea”.

Por el hueco abierto en la pared comenzaron a llover balas. El magistrado auxiliar del Consejo de Estado Nicolás Pájaro vio morir a varias personas. Darío Quiñones, secretario de esa corporación, vio morir a Aura María Nieto, auxiliar de la misma. Pero no se sabe con exactitud quiénes ni cómo murieron en ese instante. La versión oficial cuenta que los guerrilleros comenzaron a disparar contra los rehenes. El caos era total.

Presagiando el fin, Almarales ordenó que los magistrados se sentaran frente a la puerta del baño. Los demás rehenes debían ubicarse detrás de ellos, en orden de “importancia”. La gente protestó, porque el guerrillero quería ponerlos como carne de cañón. Él les aseguró que si el Ejército ingresaba y veía a los magistrados, se abstendría de disparar. Gaona aceptó y se ubicó en la entrada.

En su relato a la Comisión de la Verdad, creada por la Corte Suprema de Justicia en el 2005, con el fin  esclarecer los hechos, el abogado Gabriel Salom afirmó que Gaona lo tomó de la mano y empezaron a andar a rastras hacia la puerta, siguiendo las instrucciones de Almarales. Al llegar a ella, el comandante les dio la orden de seguir avanzando, a lo que Gaona se negó, pues quedarían expuestos al fuego que guerrilla y Ejército se cruzaban en el descanso de las escaleras. En ese momento, dice Salom, dispararon contra ellos, y Gaona cayó muerto (ver infografía).

La comisión le dio toda credibilidad a este testimonio y a otros similares según los cuales Gaona habría sido asesinado por los rebeldes a la salida del baño. De hecho, las calificó como declaraciones “categóricas, copiosas, coherentes y verosímiles”. Pero hay detalles que no encajan: que estaban sentados, que no se podían sentar, que estaban arrodillados; que sólo le pegaron un tiro, que fueron tres; que fue en la nuca, que fue en la cabeza.

Pájaro fue el único que se apartó de esta versión. Ante la comisión, aseguró no haber visto que los guerrilleros mataran a nadie, incluido Gaona, de quien dice no se sabe cómo, dónde ni cuándo murió.

Algo parecido ocurrió con Urán. Veinticuatro horas después del asalto al baño, su cuerpo fue hallado, en el patio interno del Palacio, con lesiones producidas por objeto contundente, morados en ambos ojos y lesiones producidas por mecanismo explosivo en glúteos, piernas y brazos. Sólo tenía una herida de bala, en el cráneo, producida a contacto. Años después, un video reveló que Urán salió con vida del Palacio, cojeando y sin camisa. De eso no quedó duda. Fue identificado por su esposa y por Pájaro, quien salió detrás de él.

El cuerpo de Gaona también fue hallado, un día después, en el interior del Palacio, con tres heridas de arma de fuego, en el cráneo, el cuello y el hombro, todas al lado derecho, según el informe de necropsia. Pero a las esposas de estos dos rehenes les habían contado otra historia. Les habían dicho que estaban heridos y que habían sido trasladados al Hospital Militar. Obviamente, no estaban allí. Los encontraron en la morgue, al lado del cuerpo de Almarales.

Por orden de la Dijín, Sección Técnica, quienes fueran a reclamar sus cadáveres debían rendir “una versión libre y espontánea” sobre su relación con el occiso, “tratando de sacar buena información”. Una libreta azul que hace parte de las investigaciones que adelanta la Fiscalía por los hechos del Palacio revelaría que Gaona y Urán habían sido seguidos, de tiempo atrás, por el B2, debido a su ideario. Urán, un intelectual católico, cercano a la teología de la liberación. Gaona, un destacado jurista, que había defendido la tesis de que los civiles no podían ser juzgados por tribunales militares.

Hacia las tres de la tarde del 7 de noviembre, los tanques abandonaron el Palacio. La “operación rastrillo” había sido un éxito: todos los guerrilleros fueron aniquilados. “Bueno, ya se golpió (sic)”, dice una comunicación interceptada al Ejército. “Se está recuperando aquí material y los fumigados. Está todo el personal prácticamente acabado. Entonces estamos aquí únicamente para salvedad de las bombas que habían puesto sobre las puertas. Para eso necesitamos linternas. El resto del personal está totalmente fumigado”.

La tropa se formó en la Plaza de Bolívar y los mandos dieron su parte de victoria.

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