Don Roberto Franco

De Don Roberto Franco alguna vez la desaparecida Silvia Galvis dijo que “era el hombre clave en Vanguardia”.

La gran escritora santandereana solía contar que 1947 fue uno de los años más afortunados para este diario, pues fue cuando llegó a nuestros talleres de Producción este extraordinario profesional, pero sobre todo gran ser humano.

Él escribió inolvidables páginas de nuestra historia, justo cuando el periódico se armaba con tipos o caracteres de plomo sueltos, esos que se componían en marcos y luego eran ‘tatuados’ a una prensa movida con manivela. Él tuvo que embadurnarse de los telégrafos que atrapaban todos los sentidos de los periodistas del ayer en la transmisión de sus noticias.

Llegó como linotipista y le tocaba digitar los textos, palabra por palabra, cuando las letras se fundían en plomo a 236 grados centígrados y formaban un lingote por cada renglón. El área de Producción fue la ‘niña de sus ojos’ en Vanguardia y, como él decía, “ay de aquel que se atreviera a husmear sus terrenos y entre sus máquinas y la imprenta, porque se llevaba su buen regaño”.

La verdad era un hombre estricto, que combinaba un temperamento recio con un don de gente que siempre desnudaba su calidez humana. Decía las cosas claras y directas, y sin lugar a dudas fue un hombre intachable.

¡Claro él fue el jefe de linotipos y de talleres! Después se convirtió en el director del Departamento de Producción, hasta llegar a ser ese hombre clave del que hablaba Silvia Galvis. Él fue la mano derecha de nuestro fundador, fue su amigo entrañable y se convirtió en uno de los más insignes empleados de toda la historia de nuestra Casa Editorial.

Y aunque se había pensionado hacía varias décadas, todos los día iba a Vanguardia y contaba las mil y una historias que vivió al lado de nuestro patricio, Alejandro Galvis Galvis. Era como si se hubiese congelado en el tiempo pues, con una precisión milimétrica, recordaba cómo fue que el diario soportó cada una de las bombas que lo sorprendieron y en general describía las batallas épicas y de letras que se vivieron en el siglo pasado.

En la mañana de este sábado se fue a reunir al cielo con sus compañeros de antaño, entre ellos el mismo fundador de este diario y la propia Silvia Galvis, quienes se le habían adelantado en el camino y que, como Don Roberto, nos dejaron un legado perdurable.

Había nacido el 24 de noviembre de 1922 y cada vez que le preguntaban por su edad respondía con exactitud su tiempo de existencia en este mundo. Hoy diría que tendría 97 años, 9 meses y 5 días. Aunque era natural de Manizales, fue un santandereano de pura cepa, pues aquí pasó la mayor parte de su vida.

Se podría decir que iba casi que a la par con la Vanguardia Liberal, el nombre original de este periódico, nuestro diario que justo este 1 de septiembre, cumplirá 101 años.

Hablar con él era revivir el pasado en presente. Era una auténtica biblia de este diario y entre sus tertulias siempre evocaba las grandes campañas sociales y políticas que se gestaron en su tiempo.

A los periodistas de hoy siempre nos recordaba la mística, el respeto por la redacción, la importancia de la veracidad y la vocación del servicio: ¡No se cansen de escribir bien”, nos decía.

Evocaba mucho al redactor de la Página Internacional, ese que le tocaba estar pegado a una ronca estación de radio y que debía recibir la información esperando a que cada letra o signo ortográfico fuera transmitido de forma individual con un extraño código de rayas y puntos al mejor estilo de la clave Morse: “eso sí era pasión”, decía.

El ritmo continuado en razón a los avances tecnológicos hicieron que los viejos linotipos quedaran en el museo del periódico, para dar paso a los modernos computadores. La verdad él alcanzó a ser parte de esta fase, aunque confesaba que no le agradaba mucho el mundo de la tecnología, tal vez por su avanzada edad.

Por eso un día se inventó la edición de un impreso singular que él tituló ‘La Vanguardita’, con la que cada año les rendía un homenaje a todos sus compañeros de trabajo: “Quien no salía publicado en esa mini-edición, no existía”, él mismo señalaba.

Durante sus últimos años se refugió en la nostalgia de su memoria y evocaba siempre a los periodistas que los acompañaron en sus grandes jornadas. Hablaba de los veteranos, los curtidos, los que se las sabían todas y los que se sumergían en el maravilloso mundo de la literatura; sin embargo, cuando se daba una pasadita por la actual Sala de Redacción animaba a los jóvenes redactores de hoy para que siguiéramos a la Vanguardia.

Hasta el fin de sus días escribió su memorable columna, titulada ‘Hechos del Pasado” e incluso tenía un archivo fotográfico que es, de manera literal, un verdadero museo gráfico de la historia de Santander y de Colombia.

Don Roberto Franco conformó un hermoso hogar con Doña Carmen Castellanos de Franco, con quien compartió 70 años de vida matrimonial. A su adorada esposa y a sus hijos Roberto, Luz Amparo, Teresa, Nubia y Consuelo; así como a todos sus demás familiares y amigos les enviamos nuestras más sentidas voces de condolencia por su partida.

Por ahora se sabe que su cuerpo sin vida es velado en la Funeraria San Pedro y mañana será su sepelio. Paz en su tumba.

Para empezar, en el país se daba la lucha bipartidista, en la que los conservadores imponían la censura y la persecución a quien alzara su voz en la plaza pública. Como líder liberal, Alejandro Galvis Galvis conocía las pugnas entre ‘azules’ y ‘rojos’, incluso muchos años antes de que el periódico fuera blanco de sus opositores, ese trágico 10 de enero.PUBLICIDAD

Cuatro meses antes del primer atentado contra el diario, Galvis Galvis conoció las trágicas noticias que provenían de la capital y temía que su empresa tuviera la misma suerte de periódicos de Bogotá como ‘El Espectador’ y ‘El Tiempo’, cuyas instalaciones fueron quemadas el 6 de septiembre de 1952, al igual que las casas de los líderes liberales Carlos Lleras Restrepo y Alfonso López Pumarejo, quienes no tuvieron más remedio que huir a México, para preservar su vida.

Después del atentado del 10 de enero de 1953, Vanguardia Liberal fue editada en otras imprentas de la ciudad. Una de ellas fue la Editorial del Oriente, dirigida por el exgobernador conservador Julio Marín Acevedo, según recuerda Alejandro Galvis Galvis en su libro ‘memorias de un político’. (Foto: Archivo / VANGUARDIA LIBERAL )

Sin embargo, no pudo detener los hostigamientos. En la noche del 6 de septiembre de 1952, los disturbios llegaron a Bucaramanga; la Policía interrumpió las labores de impresión del periódico con la pretensión de detener al líder liberal y desató una balacera, que dejó a tres trabajadores heridos: el linotipista, Rafael Castro; el fotograbador, Jorge Gómez, y un voceador que durante las noches era mensajero. El resto de empleados se salvaron, porque Don Roberto Franco, jefe de linotipistas, apagó las luces del salón donde estaba la prensa Dúplex, y los fustigadores no pudieron verlos.  

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