Svetlana Tijanovskaya: símbolo de la nueva Bielorrusia

La gran baza de la oposición bielorrusa

Candidata accidental a la presidencia, se ha convertido en el símbolo de la oposición que intenta derribar a Lukashenko

Svetlana Tijanovskaya, la Marianne de la nueva Bielorrusia
Svetlana Tijanóvskaya, de 37 años, asiste a una rueda de prensa el pasado 21 de agosto en Vilna, capital de Lituania, donde se exilió con sus hijos después de las elecciones (STR / EFE)

Lo ha dicho esta semana la Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich, “la sociedad de Bielorrusia se está formando ante nuestros propios ojos”. En lo más alto de esa ebullición social, que lleva ya tres semanas calentando la calle para intentar echar al autoritario presidente Alexánder Lukashenko, ha surgido –también casi de la nada– un símbolo.

Ese símbolo es una mujer que nunca antes había pensado en política, y que antes de esta revolución pacífica y popular en la exrepública soviética de Bielorrusia vivía tranquila en Minsk, amando a su marido Serguéi y cuidando de sus dos hijos pequeños (niño y niña).

Svieta fue uno de los niños de Chernóbil, que pasaban los veranos en otros países, lejos de la radiación

Svetlana Tijanóvskaya, de 37 años, preferiría haber seguido friendo chuletas a sus retoños que ponerse al frente del mayor movimiento democrático de la historia de su país, como confesó nerviosamente en un mitin en julio.

Desde entonces y hasta hoy, exiliada en Lituania, sus seguidores gritan en las protestas “¡Svieta!, ¡Svieta!”, su diminutivo. Su retrato ondea junto a banderas blanquirojas, y su nombre les da ánimos para seguir. “No he entrado en política para buscar el poder, sino para buscar justicia”, dijo en otra ocasión esta Marianne bielorrusa a sus seguidores mientras pensaba en su esposo encarcelado.

Su entrada en política fue accidental. Era su marido, el empresario y bloguero Serguéi Tijanovski, quien lo iba a hacer. En el último año su canal País para la vida , en YouTube, se ha hecho muy popular. Viajaba por todo el país dando voz a todo el que quería quejarse abiertamente de la corrupción, la pobreza y el gobierno. Demasiado para el régimen de Lukashenko, que durante 26 años ha intentado mantener un país cuasi sovietizado, vendiendo a sus 9,5 millones de conciudadanos una Arcadia feliz.

Tijanovski fue detenido varias veces y no pudo presentarse a las elecciones del 9 de agosto. En su lugar lo hizo su mujer, ama de casa de 37 años que antes de dedicarse a su familia trabajó brevemente como profesora de inglés. “¡Mi marido no es un criminal!”, dijo ante sus seguidores en un mensaje dirigido al poder, que aún hoy lo tiene preso.

Tijanóvskaya no es una figura alegórica, como la Marianne de la República Francesa. Es tan real como el movimiento reivindicativo que se ha formado detrás de ella y que pretende representar a la “nueva Bielorrusia”, nombre que han dado en la oposición a alguna de sus multitudinarias manifestaciones.

Los equipos de los otros candidatos que el régimen se quitó de en medio se unieron a ella. Y tres mujeres, Tijanóvskaya, María Kolésnikova, jefa del equipo del banquero Víktor Babariko; y Veronika Tsepkalo, mujer del exembajador Valeri Tsepkalo, encabezaron una romántica historia de lucha contra Lukashenko, un misógino de cuidado.

El mandatario bielorruso aseguró que su país nunca votaría a una mujer. Pero la respuesta le ha estallado en la cara. Decenas de miles de personas llevan tres semanas manifestándose contra él, denunciando que su victoria otra vez con el 80% es un robo. Intentó pararlos con los antidisturbios, y luego recurrió al miedo diciendo que la OTAN movilizaba sus tropas o pidiendo ayuda a Rusia, su único aliado. Ahora acusa al opositor Consejo de Coordinación, impulsado por Tijanóvskaya, de querer usurpar el poder de forma ilegal.

Pero ese discurso no se sostiene, porque la oposición mantiene el tono pacífico de sus reivindicaciones: libertad para detenidos y repetición de elecciones. “Esta no es una revolución ni prorrusa ni antirrusa, ni pro UE ni anti UE”, dijo Tijanóvskaya por videoconferencia a un grupo de parlamentarios europeos. “El objetivo del Consejo es el diálogo con las actuales autoridades”.

Hija de una cocinera y de un conductor, nació en 1982 con el apellido Pilipchuk en Mikashévichi, una ciudad de 12.600 habitantes (provincia de Brest), a 200 kilómetros al sur de Minsk y a 300 de Chernóbil, donde en 1986 se produjo el mayor accidente nuclear de la historia. Svieta fue uno de los miles de niños bielorrusos, rusos y ucranianos que en la siguiente década viajaban a otros países europeos para pasar las vacaciones lejos de la radiación.

Durante ocho años, hasta el 2004, pasó los veranos en Irlanda, donde consolidó su inglés. Allí también hizo de traductora para los más pequeños, y para ayudar a pagar sus estudios aprovechó un par de esos veranos para trabajar en una fábrica de carne en Roscrea.

Luego se licenció en Filología inglesa en la Universidad Pedagógica de Mazyr, y posteriormente conocería a su marido, Serguéi Tijanovski, de quien tomó el apellido.

Tras el 9 de agosto, el régimen la obligó a exiliarse en Lituania, a donde antes había enviado a sus hijos. Desde allí ha retomado la lucha y es la voz que los países occidentales han escuchado cuando han decidido no reconocer la victoria de Lukashenko. “El pueblo ha despertado. No quiere seguir viviendo en el miedo. Es inspirador. Hay gente detrás de mí, a mi alrededor y delante de mí”, declaró en Radio Liberty.

Serguéi Tijanovski - Wikipedia, la enciclopedia libre

Sigue diciendo que lo suyo no es la política y que, si al fin se celebran nuevas elecciones, no se presentaría. Aunque sí espera que lo haga su marido, el hombre que inspiró su historia de amor.

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