Mary Shelley pionera del feminismo, la desconocida madre de Frankenstein.

n estos tiempos de desgarros en Europa, de miedos y aislamientos, de cierre de fronteras y de desigualdades, conviene más que nunca recuperar la figura y la obra de autoras sepultadas por la losa de su fama. Un buen ejemplo es Mary Shelley, una escritora universal que siempre será recordada como la madre de Frankenstein, aunque fue muchísimas cosas más. Otras caras de su poliédrica personalidad son la de pionera del feminismo, librepensadora, sagaz analista política… Y gran viajera.

Algunos se preguntan por qué viajar. Ella se preguntaba más bien lo contrario. ¿Por qué no viajar? El verbo inglés to travelviajar, procede del francés travail o travaillertrabajotrabajar. Se explica porque viajar en los tiempos antiguos era cansado, peligroso e incómodo. Algo que exigía esforzarse, trabajar. Sin embargo, para Mary Shelley (1797-1851) viajar era vivir. Aunque le tocó una época en que echarse al camino todavía era muy fatigoso, recorrió varias veces Europa.

Mary Shelley, por Reginald Easton / Wikimedia Commons (WC)
Mary Shelley, por Reginald Easton / Wikimedia Commons (WC)

Curiosamente, inició y cerró su carrera literaria con dos libros de viajes. Y, curiosamente también, ambos acaban de llegar ahora a las librerías. La editorial española Sabina ha recuperado Historia de un viaje de seis semanas por Francia, Suiza, Alemania y Holanda , traducido por Arantxa Azurmendi. Su colega Alejando González Ormerod ha vertido por primera vez al castellano, y para la editorial mexicana Minerva, una selección con los mejores textos de su última obra, Andanzas por Alemania e Italia .

Pocos entre los más devotos lectores de Frankenstein o el moderno Prometeo conocen estos dos títulos. La fama imperecedera de esta novela tótem, mil veces llevada al cine, ha empañado el resto de la producción de su autora, una notable ensayista, biógrafa, editora y dramaturga. Vino al mundo como Mary Wollstonecraft Godwin y nació para la literatura como Mary Shelley. Era hija de los filósofos William Godwin y Mary Wollstonecraft, que murió poco después del parto. Su hija conoció con 16 años al poeta y aristócrata Percy Shelley, con el que se fugó a Europa.

Sus padres / WC
Sus padres / WC

De aquella huida nació Historia de un viaje de seis semanas… Fue un escándalo para la sociedad británica. La huida, no el libro. Además, para Percy Shelley era su segunda fuga con una jovencita de 16 años. Ya había hecho lo mismo con la hija de un posadero, Harriet, con la que se casó y tuvo dos hijos. Fue un triángulo amoroso muy trágico. Harriet se suicidó en 1816 y sus hijos fueron dados en adopción. Mary Shelley, que desafió los convencionalismos sociales y regresó a Inglaterra embarazada, se casó entonces con su amante.

Se volvió a quedar embarazada tres veces más, pero sólo sobrevivió el último de sus hijos, Percy Florence (1819-1889), así llamado porque nació en Florencia. La primera de sus hijas murió a los pocos días de nacer y los otros dos, Will y Clara, cuando eran muy pequeños. Fallecieron en Italia, país en el que se había instalado el matrimonio. La pérdida de tres de sus cuatro hijos no fue la única desgracia de Mary Shelley. Su marido se ahogó en un naufragio en aguas italianas en 1822. Tenía 29 años y un pasado tumultuoso.

Su marido / WC
Su marido / WC

Michel de Montaigne decía: “No sé por qué viajo, sólo sé que estoy escapando de algo que dejé atrás”. Mary Shelley sí sabía por qué viajaba. No lo hacía para huir. Tampoco dejaba nada atrás. Regresó varias veces a Italia, tierra de la que estaba enamorada (en realidad, más de sus gentes que del país), a pesar de lo doloroso que le resultaba recordar a los seres queridos que enterró allí. En esta época de nacionalismos resulta muy iluminador leer sus libros de viajes, en los que defendió la necesidad de expatriarse, de entregarse a los demás. De ser extranjeros.

Viajar a otros países, decía, es equiparable a los vuelos de las abejas. Abandonan el panal, sí, pero sólo así pueden regresar “cargadas con los dulces del trayecto”. Nada iguala la sabiduría que obtiene el caminante. “Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida es la más inesperada travesía”, dice el escritor Amin Maalouf en su novela León el Africano (Alianza Editorial). Ella tenía una opinión muy parecida. “Viajar –decía– es una afición y una pasión”. Y, sobre todo, la mejor forma de crecer.

“Leemos –decía– para acumular pensamientos y conocimientos; viajar es leer el libro del Creador, adornado con una sabiduría más sublime que la de los seres humanos”. Se tomó al pie de la letra esa otra máxima según la cual viajar también es sanar, recuperar la salud. Lo hizo, eso sí, con criterios que hoy no aconsejaría ningún médico. Una de las curas milagrosas a las que se sometió durante sus nomadeos por Europa consistió en bañarse en unas termas alemanas con aguas muy tóxicas y saturadas con metales pesados.

Le gustaba llevar en la maleta las obras de quienes habían recorrido antes los mismos caminos. Napoleón también lo hacía, aunque a él le sirvió de poco. Cuando el emperador francés invadió Rusia entre su biblioteca ambulante había una biografía del rey sueco Carlos XII, de Voltaire: si la hubiera leído bien, habría comprendido que su desmesurada empresa estaba condenada al fracaso. Mary Shelley no aspiraba a sentar cátedra y se conformaba con la esperanza de que sus textos “sirvan de acompañante a quienes me sigan”.

© Universal Pictures
© Universal Pictures

La sociedad de su época no veía bien que una mujer abordara asuntos políticos, pero ella no era alguien que se dejara encorsetar. Tampoco aceptaba los clichés. Aunque negaba que pretendiera hacer “disertaciones políticas”, lo cierto es que sus libros de viajes eran mucho más que una guía al uso. La autora conoció la Italia que volvió al yugo austríaco después de la caída de Napoleón y se apiadó de un país “que ha sido el campo de batalla en el que se han batido por la supremacía los imperios español, francés y austríaco”.

El pueblo italiano, aseguraba, “es el más ilustre y desafortunado del mundo”. Por ello, aspiraba a que sus Andanzas por Alemania e Italia contribuyeran a que sus compatriotas, los británicos, “prestaran mayor atención y simpatizaran con la lucha” de los independentistas italianos. Ella lo hizo, aunque salió trasquilada y sufrió un chantaje que le hizo reafirmarse en la idea de que la suya era “una vida manchada por la tragedia”. Sus cuitas tenían nombre y apellidos: Ferdinando Gatteschi.

© Universal Pictures
© Universal Pictures

Mary Shelley siempre fue una apasionada de Europa. La recorrió antes y después de casarse. En 1816, en la Villa Diodati, junto al lago Leman, en Ginebra, compuso la novela que le dio la inmortalidad. Al enviudar regresó a Gran Bretaña, pero siempre tuvo las maletas a punto. Entre 1841 y 1842 regresó al continente. Francia, Bélgica, los Países Bajos, Suiza, Alemania… Le hubiera gustado tener en estos países “una varita mágica para convertir a los agricultores en propietarios de la tierra que cultivaban”.

Nunca sus denuncias políticas llegaron tan lejos como en su amada Italia, donde criticó “la tiranía de los imperialismos” y “los abusos de la autoridad papal”. La escritora se decidió a publicar Andanzas por Alemania e Italia para ayudar económicamente a un joven revolucionario italiano a quien conoció en París y del que se había enamorado, Ferdinando Gatteschi. Él recibió las 60 libras que los editores le adelantaron por la publicación de la obra.

Su retrato más conocido, de Richard Rothwell / NP Gallery
Su retrato más conocido, de Richard Rothwell / NP Gallery

Gatteschi resultó ser un sinvergüenza y un chantajista. Tiempo después, extorsionó a su benefactora con la amenaza de airear las cartas que tenía de ella. Las había escrito una mujer con el corazón inflamado “y que sabía que vivía su última pasión”, como explica Muriel Spark en Mary Shelley: la vida de la creadora de Frankenstein (Lumen). Las misivas fueron recuperadas por un amigo de la familia Shelley y quemadas, pero el episodio avergonzó y agravó la depresión crónica de Mary.

Gracias al infame Gatteschi, sin embargo, podemos disfrutar hoy de las Andanzas por Alemania e Italia. De no haber sido por él (y por el anticipo editorial), nunca se habrían publicado. Esta obra nos recuerda que su autora no es sólo la madre de Frankenstein. Tampoco es sólo la hija de o la esposa de, a pesar de que según uno de sus primeros biógrafos sólo se labró un hueco en la historia porque se casó con Percy Shelley (sic). Pero Mary Shelley fue ante todo un alma libre y viajera, un grito valiente contra “las cadenas de los pueblos oprimidos” y contra otras cadenas. Las de las mujeres.

Me aflige el terror; me acecha de día y me susurra por las noches en mis sueños”

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